UN LUNES Y UN MARTES CUALQUIERA

Teníamos reservado en el club para salir con nuestro querido Ángel Miles, cuando a mi hijo se le complicó la agenda y me encontré con la disponibilidad del velero para mí sola. Así que pensé en aprovechar para hacer la próxima convocatoria de Sororidad de 48 h. a bordo. Una de las chicas integrantes del grupo no podía, así que la sustituí invitando a otra compañera de mi máster en IE que sabía que tenía ganas de probar ese mundo del que tanto le había hablado. En cuanto lo propuse, estuvieron encantadas. Justo nos coincidía con el cambio de horario, por lo que a las 18h ya sería de noche y ello nos limitaba el poder navegar muy lejos. Pero la respuesta de una de ellas me abrió la mente: qué más da el destino, lo importante es cómo y con quiénes vamos a compartirnos. Y, efectivamente, desde ese momento cambié mi pensamiento y me enfoqué en planificar 48 h de vida a bordo, para que supieran cómo se vive simplemente disfrutando del velero, aunque volvamos a la misma marina cada día. La cita era para el domingo por la tarde, aunque una pequeña demora de los socios anteriores me hizo dudar de si sería posible, pero finalmente lo conseguimos, casi como una carrera de relevos: ellos bajaron, nosotras subimos, jajaja. Pero fue importante ya acomodarnos, repartir camarotes y hacer la primera cena a bordo, planificar los turnos de
cocina y establecer un poco la rutina que tenía prevista para esos días. A las 08 h les puse musiquita dulce para tocar diana y sobre las 8:30 h estábamos las 4 repartidas en la cubierta del Maxus 35, dispuestas a empezar el día saludando al sol con nuestros ejercicios de yoga. Una hora para conectar con tu cuerpo, con el entorno, la naturaleza que nos rodea, la leve brisa que nos roza la piel, el sol que nos calienta levemente los rostros, los sonidos de la marina que despierta. Luego, mientras unas preparaban un suculento y sano desayuno, las otras dos nos dedicamos a baldear bien el barco y a preparar las amarras por seno para facilitarnos el zarpe, que hicimos en cuanto finalizamos el desayuno. Eran ya sobre las 11h, con ambas amarras por seno, cuando pedí que soltaran proa, pero no fueron muy ágiles; al final envié a una segunda a proa y, entre las dos, lo consiguieron. Tuve que rectificar para no rozar, al haberme apretado de más la proa durante demasiado tiempo, pero finalmente salimos sin un rasguño, ¡menos mal!
El parte meteorológico era de calma chicha hasta el mediodía, cuando entraría el típico lebeche (SE), por lo que propuse bajar hacia el sur rumbo a Cullera, pero no llegamos, visto lo visto, y tras un par de horas de masterclass de vela, explicando conceptos, vocabulario, etc. Después de haber subido la mayor y sacado el génova, nos hicimos el religioso ángelus, que nunca falta a bordo, a base de coronitas, con y sin, y guacamole con nachos de chía, tras el cual propuse que fondeáramos ya. Teníamos al través el final de la playa donde estaba el famoso Parador Sidi; es una zona sin edificios y siempre prefiero mirar a las dunas que a edificios. Y entre todas bajaron la mayor: dos al palo, una en el guinche controlando la driza y yo al timón para mantener el barco aproado. Luego, en el veril de 5 m, echamos el ancla. Realmente el agua era un plato y no nos lo pensamos dos veces: bajamos la estupendísima y amplia isla que tiene el Angelmiles y todas se tiraron en pellejillo vivo. ¡Esas
son mis chicas!. Aunque yo, para llevar la contra, lo hice con mi bañador y todo mi equipo de snorkel para ir a inspeccionar el ancla, pero fue imposible, la visibilidad de estas aguas no es la de las islas y, aunque solo hubiera 5 m, no veía nada. A la vuelta ya me despojé de mi bañador también y disfruté con ellas de esa maravillosa sensación que supone bañarse como tu madre te trajo al mundo, jajaja. Hoy tocaba a mi equipo preparar la comida, así que dejé la hamaca preparada para siestear en cuanto termináramos, jajaja. El agua estaba a unos 24 grados todavía, los mismos que teníamos fuera, por lo que la sensación térmica era fantástica: puedes tomar el sol sin problemas y sin necesidad de toldo en la bañera.
Tras la correspondiente meditación-siesta que cada una tomamos donde quisimos o pudimos, levantamos el fondeo, aunque con algo de problemas, porque el quitavueltas del ancla se resistía a funcionar y finalmente tuve que ir con el bichero y ayudarle a girar al ancla hacia abajo para poder subirla del todo. Solucionado el problema, nos dispusimos ya a subir la mayor (ya tenían sus puestos asignados) tras la navegación de la mañana y, con algo ya de viento del sur, como había previsto, pudimos navegar plácidamente en un largo, a veces en un través, ayudándonos un poco del motor para poder arribar antes de la puesta de sol, que finalmente disfrutamos como media milla antes de la bocana, con mantras de fondo. El atraque fue sin problemas con ayuda del marinero, mientras veíamos salir una tremenda luna llena entre el campo de placas solares de la marina. Espectacular, con los cielos todavía mieles y rosas del sunset sobre mi bosque preferido
de mástiles a doquier. Pero tras ello el rocío empieza a caer implacable, por lo que se hace imprescindible pasar la tarde dentro, en el living, algunas escribiendo. Les he regalado unas agendas para intentar transmitirles mi hábito de escribir un diario de a bordo con lo mejor de cada día y cómo te has sentido con ello, y lo peor, y qué has aprendido de ello. Y me sorprenden gratamente todas escribiendo, o casi todas. Mientras tanto, me pongo a practicar con mi guitarra y sufren mis ensayos de las melodías que ya intento tocar como guitarrista novel, jajaja, acompañándome al final, cantando juntas, la del Bésame mucho, jajaja. La cenita siempre da para fluidas conversaciones en torno a una botellita de buen vino tinto que cae cada noche. Durante el resto del día, nada de alcohol. Y prontito a la cama, para leer, pasar fotos y poder despertar temprano y disfrutar de nuestro segundo día.
La música tocó un poco antes, sobre las 7:30 HRB, y a las 08 a. m. ya estábamos sobre la chorreosa cubierta. ¡Es increíble cómo amanece de rocío! Pero, gracias a las colchonetas, no hay problema. El espacio es algo inclinado y el leve movimiento del barco hace más meritorios todos los ejercicios, pero ello hace también que le pongamos más consciencia y atención, y eso es maravilloso. Cada día acabamos con una relajación, dando gracias, y una breve meditación y, además, les leo una cita de algún filósofo estoico. Ayer fue de Marco Aurelio: “El alma se tiñe del color de tus pensamientos”. Y hoy, de Sócrates: “Saber que nada sabes es el principio de la sabiduría”. Hoy nos proponemos zarpar a las 10 h, ya que tenemos que regresar antes a la marina para arranchar, recoger y
baldear, antes de despedirnos ya unas de otras. Y lo conseguimos, aunque de nuevo la amarra de proa se resiste a deslizarse, lo que hace que me retengan de más la proa y me cueste un poco más salir sin rozar el casco con el pantalán, pero por segundo día consecutivo lo consigo. Mañana ya lo haremos bien, me prometen, claro. A la tercera va la vencida, les digo; el problema es que mañana ya no estaremos, jajaja. Hoy hay algo más de viento y ya está establecido del sur, por lo que decido irnos hacia el norte, así el puerto nos dará protección. Fuera ya de la bocana, se distribuyen en sus puestos, dos al palo y una en el guinche de la driza, para, en cuanto me aproo, izar la mayor. Luego, también el génova, aunque enseguida tenemos que volver a recogerlo porque hay muy poco viento y el aparente que generamos con el motor nos cierra el ángulo completamente a la proa. Así que aprovechamos para repasar los
conceptos y vocabulario del día anterior y seguir llenando nuestro book de fotos. Hoy el fondeo lo haremos en el veril de 3 m, frente a una zona también poco construida y con unas casitas de colores que bien podrían ser las de cualquier isla caribeña (¡qué barato es soñar!, ¿verdad?), jajaja. Todas en la proa y yo al timón, hasta dejar caer unos 25 m de cadena; hay un poco de oleaje y prefiero echar de más, para no tener problemas de garreo. Les explico lo de tomar un par de enfilaciones y, además, les cuento mi truquito: tomar una foto desde mi posición en la carta digital del Navionics, de manera que, en un rápido vistazo y sin tener que comprobar la posición, que también la tomo, sé si me he desplazado. Hoy solo será una la valiente que pruebe el agua; el viento es mayor que ayer y eso hace que la sensación térmica sea más fresca. Pero igualmente disfrutamos del ratito de relax, entre la hamaca y la bañera, mientras el equipo al que
le toca hoy la comida nos deleita con una riquísima ensalada de endivias con roquefort y anchoas y un risotto. ¡No se puede pedir más! Bueno, sí: poder alargar la estancia, pero hoy no hay ratito para la siesta. Lamentablemente, tenemos que zarpar sin demora. Pero, a cambio, disfrutaremos de una navegación mejor, ciñendo y escorando a casi 6 nudos, emocionando a la que vive su bautizo de vela. ¡Qué bonitas son las primeras veces! Le dejo el timón una vez hemos alcanzado el espigón, pues voy negociando la ceñida para no tener que virar antes de llegar a él, y en cuanto pasamos y empezamos a caer y abrir velas, lo coge ella, concentrándose en mantener la proa en las referencias de tierra que le voy dando. En el horizonte se divisan los niños de la escuela de vela, con sus pequeñas embarcaciones de vela ligera, algún mercante monstruosamente grande que sale de la bocana del puerto, para nuestra suerte, nada más rebasarla, y un par
de veleros que salen de nuestra bocana hacia nosotros. Recogemos el génova y bajamos defensas, pero la mayor hoy no la bajaremos hasta entrar en la marina, porque el movimiento de olas es mayor hoy fuera y no quiero ponérselo difícil con el equilibrio. Pero lo hacen rápidamente y muy bien, mientras yo voy llamando por radio al marinero para que vaya a ayudarnos en el atraque. Podría haberlo hecho mejor, me digo a mí misma, por haberme anticipado al caer; son tantas las variables que tienes que tener en cuenta: el abatimiento del viento, que nos empujaba hacia el pantalán, hace que tenga que ayudarme un poco el marinero a cerrarme la popa, pero mañana me saldrá mejor, jajaja. La quedada de sororidad está felizmente completada: arranchamos, limpiamos, baldeamos y nos despedimos del Angelmiles dejándolo perfecto para revista. Y nosotras nos vamos llenas de gratitud, sintiéndonos unas privilegiadas por haber disfrutado de navegar, como dice el anuncio, ¡un lunes y un martes cualquiera!

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